Crítica al Inmovilismo Teórico-Marifloro (Ibn Asad)

(Copio todo el artículo y comentarios tras la “desparición” de la web de Ibn Asad)

Recientemente se me ha preguntado: ¿Cómo alguien que escribe El Hijo Del León se rebaja a escribir un blog como este? Quien me hizo la pregunta quería ofender y sabía cómo hacerlo: se insinúa que alguien interesado en las Metafísicas, Escatologías y demás letras mayúsculas, no debería involucrarse en lo mundano. O lo sagrado, o lo profano. Esa es la estúpida disyuntiva que imponen los que fingen saber de una cosa mientras son inútiles en la otra.

Hay que bajar al ruedo, autoridades. Los que aquí abajo toreamos no queremos sus aplausos, sino que participen en la faena. Meditando en el infinito e identificándose con él, uno se puede olvidar de muchas cosas, incluso de que en verdad no somos nada y que, mientras estemos aquí, tenemos que ocuparnos de dicha estancia, dejando la esencia como asunto secundario para aquellos pocos de barriga llena y tendencia ociosa. El problema del Ser me sigue pareciendo gaseoso, pretencioso, hasta obsceno mientras los problemones del estar sigan sin resolver. La vida, desde cualquier punto de vista filosófico, es una “estancia” en gerundio, y no una inmóvil existencia autocontemplativa. Porque hasta al sabio en profunda meditación sobre la cumbre de la montaña, más tarde o más temprano, le acaban por picar los cojones.

Y si pica, hay que rascarse. “Pues hasta yo no dejo de actuar ni por un instante”, así decía Krsna en el ario Canto del Señor para arengar al cumplimiento de nuestro deber activo. “Lucha; si vences la batalla, ganarás la tierra; si caes en ella, ganarás el cielo.” Porque es la acción, consciente y sacrificial, la que nos separa de las bestias, no la esterilidad de estas disertaciones, nuestras inútiles inteligencias. En el zoo, he visto a chimpancés en estado meditativo durante su siesta, pero jamás he visto a un animal (quizás tan sólo a ciertos gatos) ofrecer su actividad a lo más alto.

Son dos sensibilidades vitales opuestas: la de los pedantones al paño, teóricos de darga antigua, pelmazos que ocultan su miedo a la vida con palabras grandilocuentes llenas de paja; y la de los valientes, la de los aún hombres, la de los que dicen sí, sí, sí, a la tremenda cuestión de mantenerse vivo. Los unos hablan de Dios, del Ser, del Amor… los otros no tienen tiempo para esas tonterías.

Por ejemplo, en Música: por un lado están los críticos musicales que se limitan a juzgar la acción de otros sin haber experimentado nunca el verse interpretar música; y por otro lado están los músicos, anónimos, gozando en gerundio.

Otro ejemplo, el terreno amoroso: por un lado están todos esos sexólogos, psicólogos y teóricos sexuales que se asemejan a esos curas que daban consejos matrimoniales sin más experiencia que la masturbación; y por otro lado están los amantes, anónimos, gozando en gerundio.

Y también, finalmente, en el Poder, en Política: por un lado están los gobernantes por cargo, conspirando y engañando para perpetuar su poder sobre nosotros con discursos llenos de pamplinas; y después están los independientes, gobernantes de sí mismos, los auténticos poderosos, anónimos, gozando en gerundio.

Unos fingen ser lo que no son; los otros están donde deben estar.

Y yo sé dónde debo estar. Sé cuál es mi lugar y mi deber: no con los de arriba ni con los de abajo, por supuesto tampoco con los de la derecha y ciertamente mucho menos con los de la izquierda. Mi lugar es la lucha. Activa. La de aquellos que se levantan a las cinco de la mañana todos los días, sábados, domingos, llueva o granice. La de aquellos que no saben qué son vacaciones, ni jubilación, ni tiempo libre. La de aquellos que no buscan el aplauso ni el reconocimiento, sino una victoria final en una guerra que se está librando ahora mismo en su sentido más literal. No es una metáfora ni una forma de hablar: mi lugar es con los guerreros. Esa es “la casta” a la que pertenezco, por la que alguien en un email me preguntaba.

Pues porque por supuesto que seguimos viviendo en una sociedad de castas. La casta que nos gobierna es la de los usureros. Y la que quiere gobernar es la casta de los vagos, y dentro de ella, su élite está conformada por los académicos. El sistema docente moderno (en especial, la universidad) permite que una serie de gandules (a los que les gusta para sí el epíteto de “intelectuales”) hablen de “trabajo” sin haber trabajado en su puñetera vida, prediquen la “igualdad” desde el privilegio de la sopa boba catedrática, y se atrevan a dar clases magistrales en materias donde sólo han demostrado incompetencia. A uno de estos profesores, acomodados, quejicas, acostumbrados a que les den la razón mientras calientan su culo sobre el cuero de su sillón, va dirigida esta crítica. Los teórico-marifloros se han remangado y dicen: “Podemos.” ¿Podéis? Conmigo, no.

Comentario:
Luis
10:26 del 29 de noviembre de 2014
Nisargadatta hablaba de Dios, del Ser y del Amor, y tenía una familia y un pequeño comercio. La vida activa y la vida contemplativa no solo no son incompatibles, sino que se necesitan la una a la otra. La vida activa separada de lo Sagrado embrutece; la vida contemplativa desarraigada del actuar cotidiano envilece.
Es uno de los significados de la Cruz: la vertical nos obliga a mirar hacia el cielo y la horizontal nos señala la necesidad de enraizar los pies en la tierra.

Es una más de las muchas miserias de Occidente. Todo se observa con una estricta separación. En Occidente el hombre “santo”, “espiritual” o intelectual, es valorado como una persona separada de lo cotidiano, de lo profano, del trabajo manual. En Occidente sólo se puede ser un gran intelectual si se desprecia la dimensión cotidiana, aquella del actuar. Es lamentable, pues el ser humano debe sentir lo Sagrado incluso cuando lava los platos. Debemos entender que cualquier actividad, desde la más prestigiosa hasta la más mundana y dura puede considerarse como un sacerdocio.
En este sentido podemos recomendar la lectura del mensaje de Simone Weill en libros tan esclarecedores como La Gravedad y La Gracia. Duras palabras que denuncian las visiones neuróticas de Occidente, siempre desde una mística comprometida con el actuar cotidiano.

Sr. Ibn Asad, le hago una humilde petición. Unas improvisaciones musicales sobre algún tema de un laudista barroco (Visée, Zamboni, Weiss,…). Con el instrumento que le parezca más adecuado.

Un saludo

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