90210 Sensación de Vivir (Ibn Asad)

(Copio todo el artículo tras la “desparición” de la web de Ibn Asad)

¡Jo, qué tío el Emérito! Hace sólo un año que nos convencía de que estaba para el arrastre, y ahora ahí lo tienes… ¡En Beverly Hills! Haciendo lo que siempre ha hecho: explorando la “sensación de vivir”.

Así tradujeron en neo-España el título de un proyecto de Ingeniería Social que consistía basicamente en lobotomizar a una juventud ya bastante machacada a esas alturas (la de la década de los noventa) con una serie de televisión y merchandishing con un contenido resumible así: “No te preocupes, chaval… Papá lo resuelve todo.” No importa el problemón que se pueda tener, que la generación precedente te sacará las castañas del fuego. No importa que te quedes embarazada de Dylan o se frustre tu sueño de ser modelo y/o actriz, porque cuando se es un niño o una niña de papá, todo lo que te puede pasar es eso. Sensación de Vivir fue sólo una gotita más en una tortura china que la juventud que fue y ya no es, sufrió con una intención quizás sólo identificable ahora. La mutilación de ese cruel proceso fue el infantilismo y la dependencia de una generación entera que hoy se podría arrojar al retrete perfectamente sin que nadie evite tirar de la cadena después. Una generación de chicle, maleable, quejica, blanda, amorfa, que fue adiestrada para despreciar la patria y a los padres. E Ironías de la vida, hoy, son precisamente esos padres y su patria (o el resquicio que resta de ella en forma de unas garantías sociales conquistadas por los hoy ancianos con sudor y sangre) quienes mantienen con vida a estos mequetrefes que hacen de la misma un Club de la Comedia. Generación de Payasos.

Y de esta quinta de Milikito en VIP superguay, de este club de fans del Gran Wyoming caiga quien caiga, de esta hornada de indómitos vagos forma parte el actual Rey de España y la eterna Reina de Saba, Felipe VI. Hasta tal punto este tipo forma parte de su generación que ahí lo tienes, con cuarenta y tantos tacos, viviendo en casa de los padres. Un fulano que se ha paseado oficialmente como joven hasta que las entradas, las canas y la soltería empedernida, le han forzado a una pose más madura como padre de familia de cartón piedra. Un gandul que no deja de ser un enchufado más en un mamotreto de funcionariado público en donde el nepotismo y el amiguismo determinan el puesto de jefe de estado y de bedel.  Un chaval que, como todos los de su añada, no han trazado otra estrategia vital que aguardar la jubilación de su padre, para trincar pensión, posición y chabola. Y es que Felipe de Borbón es un chico de su tiempo: joven, preparado, tolerante, demócrata y con un gran sentido del humor; es decir, como casi cualquiera de su generación, un pesao cantamañanas al que no se le debe prestar ni el coche ni la casa ni la novia.

Y no me malinterpreten: al hijo lo tengo en más consideración que al padre. Felipe es, al menos, un español (no como su padre), que incluso habla español (no como su padre) y que muestra cierto respeto por lo único que resta vivo de eso de “ser español” (es decir, la lengua, el español, idioma que pisoteó su padre allá por donde fue). Y sin embargo, estando más capacitado que su padre, el hijo está confiando en el mismo discursista cursi (no sé quién será este Cyrano de Zarzuela) que hizo de la hortera memez solemne, el sello característico de la oratoria real. ¿Qué clase de imbécil dice, no importa en qué contexto, que algo (¡lo que sea!) “llena de orgullo y satisfacción”? Quizás el mismo imbécil que dice “Me duele” en un mensaje político que están escuchando más de cuarenta millones de personas. Prefería los discursos huecos de un rey que leía el mensaje con el rabillo del ojo, a los de un barbudo hipster disfrazado de comercial de seguros que mira a la cámara hablando de dolores, emociones y sentimientos. En eso se les ve el mismo plumero a todos, a Felipe VI, a Rajoy, a Artur Mas, a Pablo Iglesias, a Pedro Sánchez… todo ellos invocan al “sentimiento”. Es la única palabra que todos comparten. Un consejo: cuando el poder político habla desde el sentimentalismo, huye del país. Date unas vacaciones sin billete de vuelta. Date el piro. No es broma, sino una ecuación comprobada histórica y experimentalmente: cuando el político apela a los sentimientos, es que el desastre acecha.

Esa es la Sensación de Vivir en un lugar donde todo es gominola. Donde quien se esfuerza es un motivo para que Buenafuente haga un chiste. Donde quien trabaja y da trabajo es tratado como un explotador, un ladrón, un enemigo del pueblo ridiculizado por una graciosilla feminista del stand-up comedy. Donde el caradurismo es la orden del día, en palacio y en el mercado, en la iglesia y en la tasca, en el centro y en el arrabal. En Beverly Hills, la sensación puede ser que vivir se asemeja a un sobre de peta-zetas… pero aquí, en España, la Sensación de Vivir es que todo se está yendo, irremediablemente, a la mierda.

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